Cómo documentar errores para no repetirlos en la vida y en la empresa

  • Los errores se repiten por patrones mentales y culturales que favorecen la familiaridad y ocultan el fracaso.
  • Documentar fallos con estructura clara permite aprender, evitar costes y acelerar la mejora en personas y empresas.
  • La combinación de análisis, control cognitivo y cultura sin culpa convierte el error en una fuente de innovación.
  • Asumir responsabilidad, reflexionar y reparar el daño transforma los tropiezos en herramientas de crecimiento real.

cómo documentar errores para no repetirlos

Todos repetimos errores. En el trabajo, en casa o con nosotros mismos, hay fallos que parecen un déjà vu semanal: llegamos tarde, posponemos tareas, montamos el mismo conflicto o programamos el mismo bug. No suele ser por falta de ganas ni por pereza, sino porque funcionamos a base de patrones que no vemos con claridad.

Cuando no registramos ni analizamos lo que sale mal, esos patrones se consolidan. En las empresas se documentan los éxitos, se celebran los hitos y se comparten las mejores prácticas, pero los fallos quedan en silencio. A nivel personal hacemos algo muy parecido: recordamos lo que nos salió bien y tratamos de olvidar lo que nos incomoda. El resultado es obvio: el mismo error se repite, el coste crece y la oportunidad de aprender se pierde.

¿Por qué tendemos a repetir los mismos errores?

La idea de que “uno aprende de sus errores” suena muy bien, pero la evidencia psicológica muestra que no siempre funciona así. De hecho, en muchos ámbitos tendemos a tropezar con la misma piedra una y otra vez, sobre todo cuando hablamos de pensamientos, hábitos y decisiones.

Cuando alguien pone la mano en una placa caliente, el cerebro genera un reflejo casi automático para evitar repetirlo. Hay un dolor físico claro, una amenaza evidente, y el sistema nervioso aprende muy rápido. Sin embargo, errores como procrastinar, llegar tarde, juzgar mal a alguien o elegir de nuevo a la pareja equivocada no activan esa alarma tan directa.

En estos casos se ponen en marcha nuestros atajos mentales o heurísticas. Son patrones que el cerebro crea para ahorrar esfuerzo: filtra información, generaliza, simplifica y rellena huecos con la historia que más encaja con lo que ya creemos. Esto nos ayuda a sobrevivir a la sobrecarga de datos del día a día, pero también hace que el cerebro sea, en cierto modo, “perezoso” a la hora de cambiar de guion.

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Ese “cerebro perezoso” se combina con varios sesgos conocidos: el sesgo de confirmación nos empuja a buscar solo pruebas que avalen lo que ya pensábamos; el sesgo de familiaridad hace que lo que hemos hecho muchas veces nos parezca lo seguro, aunque esté mal; y el sesgo de frecuencia puede llevarnos a convertir en costumbre el propio error hasta que el cerebro asume que “esa es la forma correcta de hacerlo”.

Así se crea lo que algunos autores llaman el “camino del error”: cuanto más repetimos una tarea de la misma manera equivocada, más se refuerza ese circuito y más difícil es actuar distinto la próxima vez. Incluso cuando somos conscientes de que lo estamos haciendo mal, nos sale repetirlo porque es lo que conocemos.

El papel del control cognitivo y el monitoreo del error

Aunque el panorama parezca algo desalentador, nuestro cerebro no está condenado a repetir errores para siempre. Contamos con un recurso clave: el control cognitivo. Es la capacidad de frenar el piloto automático, cuestionar el atajo mental y elegir una respuesta distinta, incluso cuando lo fácil sería hacer lo de siempre.

La neurociencia ha identificado regiones en la corteza frontal que albergan las llamadas “neuronas de monitoreo de errores propios”. Estas células ayudan a detectar cuando algo no encaja con lo esperado, a reenfocar la atención y a ajustar la conducta. Estudios con humanos y animales muestran que, después de fallar en una tarea perceptiva sencilla, tanto monos como personas responden más despacio en la siguiente prueba, como si ese sistema estuviera recogiendo más información para intentar acertar.

El problema es que la calidad de la información que recabamos tras el error no siempre es alta. Si los sesgos siguen mandando, podemos ignorar señales nuevas que nos ayudarían a corregir el rumbo. De ahí que una parte importante del cambio consista en aprender a tolerar el error, observarlo sin dramatizar y usarlo como dato, no como condena.

Esta comprensión del control cognitivo y del monitoreo del error no solo es útil para el desarrollo personal; también guía investigaciones en envejecimiento y trastornos neurológicos. Mantener ese control en buen estado es crucial para la autonomía en la vejez, y se estudia cómo preservarlo o reforzarlo.

Por qué las empresas deben documentar fracasos y errores

En el mundo empresarial, el fracaso suele ser un tema incómodo. Muchas organizaciones registran sus casos de éxito, métricas positivas y buenas prácticas, pero muy pocas llevan un registro serio y sistemático de lo que salió mal. Eso tiene un coste enorme.

Cuando una empresa no documenta ni analiza sus fallos, los mismos errores reaparecen en proyectos diferentes, departamentos distintos y nuevos equipos. El conocimiento se va por la puerta cada vez que alguien se marcha, los recién llegados se ven obligados a aprender por ensayo y error y se malgastan tiempo, dinero y energía en tropezar con piedras que ya estaban identificadas, pero en la cabeza de unos pocos.

Integrar los fracasos en el sistema de conocimiento corporativo permite a las compañías:

  • Reducir costes por errores repetidos: si un proyecto fracasó por una mala planificación, ese aprendizaje bien documentado impide que otro equipo repita el mismo fallo de calendario, alcance o recursos.
  • Acelerar la curva de aprendizaje de nuevas incorporaciones: un repositorio de “lecciones aprendidas” ofrece a los nuevos empleados una guía clara de qué prácticas funcionan y cuáles son trampas habituales.
  • Fomentar la innovación sin miedo al error: cuando equivocarse no implica linchamiento, sino análisis y aprendizaje, los equipos se atreven a probar ideas nuevas con riesgos calculados.
  • Mejorar la toma de decisiones estratégicas: disponer de datos sobre errores pasados permite a la dirección anticipar problemas, ver patrones y tomar decisiones con mayor perspectiva.

En este contexto, el fracaso deja de ser un enemigo y pasa a ser un maestro colectivo. Eso sí, solo si se convierte en conocimiento compartido, accesible y accionable.

Cómo documentar errores de forma útil en una organización

cómo documentar errores para no volverlos a repetir

No basta con decir “hemos aprendido del error”. Para que ese aprendizaje sea aprovechable, hace falta un sistema estructurado que convierta cada fallo relevante en información clara, rastreable y fácil de reutilizar.

1. Diseñar un formato de registro de fracasos

Del mismo modo que se documentan los casos de éxito, las empresas pueden crear plantillas específicas para registrar lo que salió mal. Un esquema eficaz suele incluir:

  • Descripción del error: qué ocurrió exactamente y por qué se considera un fracaso en términos de objetivos, calidad, plazos o costes.
  • Factores que contribuyeron al problema: fallos internos, condiciones externas, falta de planificación, comunicación deficiente, decisiones tardías, etc.
  • Impacto: efectos concretos en el proyecto, en el cliente, en el equipo o en la organización (retrasos, sobrecostes, pérdida de reputación, incidencias técnicas).
  • Acciones correctivas: qué se hizo tras detectar el error, cómo se mitigaron sus consecuencias y qué medidas se tomaron a corto plazo.
  • Recomendaciones para el futuro: qué habría que hacer de otra manera la próxima vez, qué controles añadir, qué procesos revisar o qué formación incorporar.

Esta información debería almacenarse en un repositorio interno accesible (wiki, base de conocimiento, herramienta de gestión de proyectos) y conectarse con la documentación habitual: requisitos, diseños, retrospectivas, etc. Es clave que se integre también en el onboarding de nuevos empleados.

2. Realizar reuniones post mortem tras los proyectos

Las reuniones post mortem, retrospectivas o de cierre no deberían servir solo para aplaudir lo que salió bien, sino para revisar con calma lo que no funcionó. Para que sean efectivas es fundamental:

  • Crear un clima sin culpabilización: el foco debe estar en los procesos y decisiones, no en señalar con el dedo a una persona concreta.
  • Evitar la defensa del ego: asumir que todos podemos contribuir tanto a los aciertos como a los fallos reduce las resistencias a hablar con honestidad.
  • Generar conclusiones accionables: cada problema detectado debería acabar en una o varias acciones concretas (cambio de protocolo, nueva verificación, formación específica) con responsables y plazos.

Grandes compañías tecnológicas como Amazon o Google han institucionalizado estas reuniones como parte de su cultura de aprendizaje continuo. Sus informes post mortem son consultados por otros equipos para anticipar riesgos en proyectos similares.

3. Compartir los aprendizajes de forma accesible

Documentar errores para luego dejarlos enterrados en una carpeta es poco útil. La información tiene que llegar a quienes la necesitan justo cuando la necesitan. Algunas estrategias prácticas son:

  • Boletines internos que resuman fallos y aprendizajes clave de proyectos recientes.
  • Bases de datos o wikis corporativos con casos estructurados, que puedan consultarse por palabra clave, área o tipo de proyecto.
  • Programas de formación y sesiones de onboarding que incluyan “errores frecuentes en esta empresa” y cómo evitarlos.

El conocimiento solo tiene valor cuando está disponible en el momento adecuado. Integrar las lecciones de fracasos en procesos de planificación, diseño o revisión multiplica su impacto.

Ciclo de vida y gestión de defectos en desarrollo de software

En el ámbito del software, los errores toman forma de defectos, bugs y fallos que pueden afectar tanto al código como a la documentación (requisitos, casos de prueba, manuales). Es un área donde documentar el error es literalmente parte del trabajo diario.

El esquema ISTQB, referencia mundial en certificación de pruebas de software, parte de una idea sencilla: las personas se equivocan, esos errores introducen defectos en el software y, cuando el defecto se ejecuta, produce un fallo en el sistema. A esto se suman factores externos como problemas de hardware o condiciones ambientales (por ejemplo, radiación o interferencias electromagnéticas que dañan el firmware).

Para evitar que esos defectos se multipliquen, se realiza un análisis de causa raíz cuando se detecta un fallo. El objetivo es encontrar el origen del problema (en el proceso, en la especificación, en la implementación, en las pruebas unitarias) y corregirlo para reducir la probabilidad de errores similares en el futuro.

Estados del ciclo de vida de un defecto

En los proyectos de desarrollo se suele definir un ciclo de vida del defecto con distintos estados, que pueden adaptarse según la organización pero suelen incluir:

  • En análisis: el equipo analiza si el defecto es real, si se puede reproducir y en qué condiciones.
  • En curso: el bug se confirma y se considera listo para ser corregido.
  • En desarrollo: el equipo de desarrollo aplica los cambios de código necesarios; a veces se añade un estado intermedio para la revisión y fusión del código.
  • En pruebas: se envía al equipo de QA para verificar si la corrección resuelve el problema sin introducir regresiones.
  • Validado QA: el equipo de pruebas confirma que el defecto ya no se reproduce y, según el flujo, lo marca para cierre o devuelve la validación al responsable de negocio.
  • No validado QA: el problema persiste o aparece otro nuevo asociado a la corrección, por lo que el defecto vuelve a estados anteriores para nueva revisión.
  • Cerrado: el defecto se da por resuelto (y desplegado) o se considera inválido y se cierra directamente desde un estado inicial.
  • Reabierto: se detecta que se cerró por error o que ha reaparecido en otra versión, así que se reactiva.

Este flujo ayuda a que todos tengan claro en qué punto está cada error, quién lo tiene entre manos y qué falta para considerarlo resuelto de verdad.

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Gravedad y prioridad de los defectos

Para gestionar bien una pila de bugs es clave distinguir entre gravedad y prioridad. La gravedad suele clasificarse en niveles como:

  • Menor: defectos que no afectan a la funcionalidad principal (errores visuales, pequeños fallos de documentación).
  • Medio: comportamiento incorrecto en partes poco críticas; el sistema sigue siendo usable.
  • Alto: afecta a funcionalidades importantes, aunque no bloquea totalmente el uso; conviene resolverlo antes de liberar versión.
  • Crítico: defectos bloqueantes que impiden usar el sistema o causan impactos severos; requieren solución inmediata.

La prioridad, por su parte, indica qué se resuelve antes. Para definirla se pueden usar técnicas como el método MoSCoW:

  • Must have: imprescindible corregir para la versión.
  • Should have: muy importante, pero algo más flexible que el anterior.
  • Could have: recomendable, pero se puede dejar para una iteración posterior.
  • Won’t have: no se abordará en este proyecto o versión.

Esta forma de priorizar evita que el equipo se bloquee por querer arreglarlo todo a la vez y permite centrar recursos donde más impacto tiene el error.

Buenas prácticas al reportar un defecto

Un reporte de defecto completo no solo ayuda a corregir el bug más deprisa, también evita discusiones innecesarias y facilita el aprendizaje futuro. Entre los datos que conviene incluir están:

  • Identificador único y título descriptivo (siguiendo un esquema claro: entorno, área, funcionalidad y breve descripción).
  • Fecha, entorno, dispositivo y sistema operativo en los que se encontró el problema.
  • Objeto de prueba y versión del sistema donde se reproducía.
  • Caso de prueba en el que se detectó, para mantener la trazabilidad.
  • Datos y precondiciones usados (usuarios, productos, archivos cargados, etc.).
  • Pasos detallados para reproducir el defecto, claros y numerados.
  • Resultado esperado y resultado obtenido, explicados con precisión.
  • Información adicional que pueda ser relevante (supuestos, limitaciones, posibles relaciones con otros defectos).
  • Archivos adjuntos: capturas de pantalla, vídeos, logs o ficheros necesarios para reproducirlo.
  • Gravedad y prioridad asignadas.
  • Estado actual del defecto dentro de su ciclo de vida.
  • Sprint o iteración en la que se planea su resolución.
  • Histórico de cambios y comentarios sobre la causa, las correcciones y el despliegue.
  • Etiquetas, componentes y enlaces a tareas relacionadas, historias de usuario, requisitos o repositorios de código.
  • Personas implicadas: quién reporta, quién lo tiene asignado y quién valida.
  • Versión donde se corrige, una vez resuelto.

Herramientas como Jira, Azure DevOps o Tricentis facilitan gran parte de este registro, generan historiales automáticos y permiten asociar defectos a casos de prueba, historias de usuario y despliegues, y facilitan escribir changelogs claros que ayuden a usuarios y desarrolladores. Además, sirven como memoria colectiva de errores pasados.

Cultura empresarial que valora el aprendizaje del fracaso

Para que la documentación de errores funcione, no basta con procesos y plantillas. Hace falta una cultura corporativa que deje de demonizar el fallo y lo entienda como una fuente de información.

Algunas prácticas clave para construir esa cultura son:

  • Liderazgo que normaliza el error: cuando las personas en puestos de responsabilidad comparten sus propios fracasos y lo que aprendieron, se abre la puerta a que otros hagan lo mismo sin miedo.
  • Transparencia sin castigo: si cada fallo se traduce en represalias, la gente esconderá los errores y los problemas saldrán a la luz cuando ya es tarde y el coste es mayor.
  • Convertir el error en acción: cada fallo significativo debe terminar en una lección clara y en cambios concretos; un error no analizado sí es una pérdida.
  • Recompensar la experimentación responsable: filosofías como “fail fast, learn faster” solo funcionan cuando hay marcos que permiten experimentar, medir y ajustar sin arriesgarlo todo a una carta.

Empresas como Amazon, Google o Spotify han integrado el fracaso en su ADN: documentan proyectos que no funcionaron (Amazon Fire Phone, Google Glass, Google Wave), mantienen archivos consultables y elaboran reportes de experimentos fallidos para que otros equipos no repitan el mismo camino.

Por qué a nivel personal volvemos a fallar en lo mismo

En el plano individual, repetir los mismos errores puede resultar demoledor. Relaciones que se rompen “otra vez igual”, decisiones laborales que no nos llevan donde queremos, conductas que nos dañan… y la sensación de estar atrapados en un bucle sin salida.

Detrás de este fenómeno se esconden varios procesos psicológicos:

  • Patrones de pensamiento automáticos: la autocrítica constante, los pensamientos del tipo “siempre me pasa lo mismo” o “no valgo para esto” condicionan nuestras decisiones y nos llevan a repetir conductas poco sanas.
  • Falta de autorreflexión: si no dedicamos tiempo a revisar qué hicimos, por qué y qué consecuencias tuvo, lo lógico es que volvamos a hacer lo mismo.
  • Apego a la zona de confort: lo conocido se siente más seguro, aunque nos haga daño; cambiar implica asumir incertidumbre.
  • Influencias de experiencias pasadas: traumas o decepciones previas pueden generar defensas que, paradójicamente, nos empujan a repetir dinámicas dolorosas (por ejemplo, desconfiar tanto que acabamos saboteando relaciones sanas).

A todo esto se suma el llamado “efecto del ego”: nos cuesta reconocer errores que cuestionan nuestra autoimagen. Seleccionamos información y feedback que nos dejan en buen lugar y descartamos lo que nos incomoda. Curiosamente, estudios muestran que cuando recordamos nuestros éxitos tendemos a repetir los comportamientos que los generaron, pero cuando pensamos en nuestros fracasos, somos menos propensos a cambiar aquello que nos llevó a fallar, en parte porque ese recuerdo nos deprime y nos empuja a lo familiar.

Errores, emociones intensas y autocompasión

Equivocarse suele venir acompañado de culpa, vergüenza, rabia o ansiedad. Estas emociones pueden ser tan intensas que nos secuestran y hacen que miremos hacia dentro sin avanzar: rumiamos, nos castigamos, nos decimos que deberíamos haber sabido más o hecho otra cosa.

En ese estado, la voz crítica interna se dispara: “¿Cómo he podido ser tan torpe?”, “Siempre igual”, “No voy a cambiar nunca”. La investigación psicológica indica que esta autocrítica feroz no mejora nuestro rendimiento, más bien al contrario: reduce la motivación para aprender, alimenta la evitación y nos deja atascados.

La alternativa es cultivar la autocompasión: tratarnos con la misma comprensión con la que hablaríamos a un buen amigo que se ha equivocado. Implica asumir que los fallos forman parte de la condición humana, que nadie está exento, y adoptar un lenguaje interno más amable y realista.

Algunas claves para regular las emociones tras un error son:

  • Poner nombre a lo que sentimos: decir “estoy avergonzado” o “estoy muy frustrado” ayuda a que la emoción pierda intensidad.
  • Usar respiración consciente o mindfulness para bajar la activación fisiológica, sobre todo en la ansiedad.
  • Cuidar el diálogo interno: cambiar “soy un desastre” por “he cometido un error importante, pero puedo aprender de esto”.
  • Practicar el perdón hacia uno mismo: no para borrar la responsabilidad, sino para dejar de vivir anclado en el pasado y poder actuar diferente.

Esta combinación de conciencia emocional y autocompasión forma parte de la inteligencia emocional y está vinculada a mayor resiliencia y capacidad de aprendizaje.

Dar significado al error y convertirlo en aprendizaje

Cada error no es solo una conducta concreta que salió mal, también es una señal sobre nuestras necesidades, creencias y patrones. Desde la psicología, se entiende el error como una pista para explorar qué está pasando a nivel cognitivo y emocional.

Por ejemplo, repetir conflictos similares en distintas relaciones puede apuntar a una necesidad no satisfecha de reconocimiento o cercanía. Postergar siempre el mismo tipo de tarea en el trabajo puede esconder miedo al fracaso o un perfeccionismo paralizante. Mirar el error con estas gafas permite ir más allá del “no debería haberlo hecho” y preguntarse:

  • ¿Qué condiciones me llevaron a actuar así?
  • ¿Qué emociones predominaban en ese momento?
  • ¿Qué pensamientos automáticos estaban activos?
  • ¿Qué área de mi vida o de mi forma de funcionar está señalando esta situación?

Este tipo de análisis se parece al trabajo con pensamientos automáticos de la terapia cognitivo-conductual. El objetivo es integrar el significado del error en nuestra autoconciencia para poder tomar decisiones distintas en el futuro.

Aprender del error supone transformar esa conciencia en acciones concretas. La teoría del aprendizaje experiencial destaca que se aprende cuando se reflexiona sobre la experiencia y se ajusta la conducta en las siguientes situaciones. La teoría del aprendizaje social añade que también aprendemos observando los errores y aciertos de otras personas, siempre que estemos dispuestos a mirar de frente.

Pasos prácticos para consolidar el aprendizaje pueden ser:

  • Llevar un diario donde registres errores, contexto, emociones, análisis y posibles nuevas respuestas.
  • Buscar feedback honesto en personas de confianza que te ayuden a ver puntos ciegos.
  • Definir objetivos pequeños y realistas de cambio de conducta, en lugar de prometer “no volveré a hacer esto jamás”.
  • Aceptar el ciclo prueba-error como parte del proceso, sabiendo que lo importante es que cada repetición se haga con mayor nivel de conciencia.

Cuatro pasos concretos para manejar mejor tus errores

Algunos enfoques recientes, inspirados en libros como “Clear Thinking” y en prácticas terapéuticas, resumen el manejo de errores en cuatro pasos encadenados que puedes aplicar tanto en tu vida personal como profesional.

1. Aceptar la responsabilidad

Tomar control de tu vida pasa por reconocer tu parte en el error, incluso cuando no seas el único implicado. Esto no significa cargar con culpas ajenas, sino asumir que el problema ya es tuyo en la medida en que te afecta y puedes hacer algo al respecto.

Cuando surge un fallo, es habitual reaccionar con quejas, negación o victimismo. Son respuestas comprensibles, pero te dejan sin poder real de acción. Aceptar la responsabilidad, en cambio, te coloca en la posición de quien puede influir en el resultado.

2. Aprender del error

El siguiente paso es reservar un tiempo consciente para analizar qué papel jugaste en lo sucedido: qué pensabas, qué sentías, qué decisiones tomaste y qué ignoraste. Incluso si la situación era urgente, es importante que luego te sientes a reconstruir la secuencia con calma.

Si en ese análisis detectas que sigues culpando solo a factores externos o a otras personas, es señal de que aún no has cerrado el paso anterior. Volver a la aceptación te permitirá extraer un aprendizaje genuino en lugar de quedarte atrapado en el “no es justo”.

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3. Comprometerte a hacerlo mejor

Con el aprendizaje encima de la mesa, toca diseñar un plan de acción. No basta con la intención: hace falta concretar qué harás distinto la próxima vez, qué disparadores necesitas vigilar y qué mecanismos de seguridad puedes incorporar.

Esto puede traducirse en reglas sencillas del tipo “cuando esté muy enfadado, no contesto mensajes importantes hasta pasado un rato” o “si detecto que voy con retraso en un proyecto, lo comunico antes y pido ayuda”. Revisar periódicamente tu plan y ajustar lo que no funcione te mantendrá en un camino de mejora continua.

4. Reparar el daño en la medida de lo posible

Muchos errores pueden ser, al menos parcialmente, reparados, sobre todo cuando existe una relación de confianza construida en el tiempo. Pedir perdón es importante, pero no suficiente: la clave está en sostener en el tiempo comportamientos coherentes con el cambio que dices querer.

No todos los daños se pueden deshacer, pero casi siempre es posible evitar que la situación vaya a peor. Parar la espiral, hacerse cargo de las consecuencias y mostrar con hechos tu compromiso de actuar distinto son pilares de la reparación.

Beneficios psicológicos y organizativos de aprender del error

Cuando personas y empresas se toman en serio el registro y análisis de errores, empiezan a aparecer cambios profundos. A nivel individual, se incrementa la autoconciencia, mejora la regulación emocional y se fortalece la resiliencia ante el estrés. Las relaciones se vuelven más honestas y maduras, porque hay espacio para admitir fallos y trabajar sobre ellos.

A nivel organizativo, documentar fracasos reduce la repetición de fallos costosos, acelera la capacitación de nuevos empleados y crea una cultura donde la transparencia y el aprendizaje continuo valen más que la apariencia de infalibilidad. En entornos tecnológicos y de innovación, esta actitud marca la diferencia entre empresas que se quedan atrás y otras que se adaptan con rapidez.

En el fondo, los errores son uno de los canales más potentes de información que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestros sistemas de trabajo; convertirlos en conocimiento compartido, en nuevos hábitos y en decisiones más inteligentes hace que cada tropiezo deje de ser un simple golpe para transformarse en un avance real, tanto en nuestra vida personal como en el funcionamiento de cualquier organización. Comparte la información para que más personas sepan cómo hacerlo.