Qué datos recopilan los asistentes de IA y cómo protegerte

  • Los asistentes de IA recopilan desde datos de contacto y uso hasta información financiera, de salud y otros datos altamente sensibles.
  • Plataformas como Meta, Google o extensiones de navegador aplican un seguimiento intenso que plantea riesgos de manipulación, filtraciones y abuso.
  • La regulación, la transparencia y las opciones de control son aún insuficientes, por lo que el usuario debe practicar minimización y anonimización.
  • El futuro del entrenamiento de modelos combina datos reales, datos sintéticos y automejora, lo que hace aún más crucial proteger la privacidad.

Qué datos recopilan las IA

La inteligencia artificial vive y respira datos. Cada interacción con un asistente de IA, un chatbot o una extensión para el navegador alimenta modelos que aprenden de nuestro comportamiento. Esa “hambre” de información hace que estas herramientas sean tan útiles para resumir textos, responder correos o ayudar en el trabajo, pero también abre la puerta a riesgos serios para la privacidad, la seguridad y hasta para la manipulación comercial o geopolítica.

Hoy, los asistentes de IA tienen acceso a rincones de nuestra vida digital que antes estaban fuera del radar: historiales de navegación, formularios con datos bancarios o de salud, conversaciones de mensajería privada, documentos laborales, fotos y hasta listas de contactos del móvil. Mientras las grandes tecnológicas buscan la manera de seguir entrenando modelos potentes pese a las restricciones de datos, los usuarios nos movemos en un terreno complejo donde el consentimiento suele ser poco claro, con políticas de privacidad largas, ambiguas y cambiantes.

Por qué los asistentes de IA necesitan tantos datos y qué implica para tu privacidad

Los agentes de IA y chatbots no son solo “programas que contestan”: son sistemas que toman decisiones, recomiendan, priorizan contenido y, cada vez más, actúan en nuestro nombre (comprar, reservar, gestionar agenda, responder correos, etc.). Para ser eficaces necesitan un contexto muy rico sobre quién eres, qué haces y qué te interesa, lo que les empuja a recopilar datos personales de forma masiva.

Investigaciones recientes han demostrado que muchos asistentes de navegador con IA acceden a información extremadamente sensible. En pruebas realizadas con extensiones populares, los investigadores comprobaron que algunos complementos enviaban a sus servidores el contenido completo de las páginas visitadas, incluyendo formularios con datos bancarios, información sanitaria o cualquier dato visible en pantalla, además de la dirección IP y metadatos que permiten inferir edad, sexo, nivel de ingresos o intereses.

El riesgo no es solo que sepan mucho de ti, sino lo que pueden hacer con ello. Expertos en ciberseguridad advierten de posibles escenarios de manipulación comercial (recomendaciones sesgadas en función de tu perfil), discriminación o exclusión (por ejemplo, limitar ofertas o servicios a ciertos colectivos), extorsión si los datos acaban filtrados, e incluso suplantación de identidad si se combinan diferentes fuentes de información.

El gran problema de fondo es la opacidad: muchos usuarios son conscientes de que un buscador o una red social recopilan datos para publicidad, pero no imaginan que un asistente integrado en el navegador pueda monitorizar buena parte de su actividad en línea. En muchos casos, esa captura se realiza sin un consentimiento verdaderamente informado y, en ocasiones, en los límites de la normativa de protección de datos o directamente en contradicción con las propias condiciones de uso de la empresa, que muchos aceptan sin leer.

Qué datos recopilan los asistentes de IA y qué diferencias hay entre plataformas

Los datos que recogen los asistentes de IA abarcan desde información básica hasta detalles íntimos. Entre los tipos de datos más habituales se incluyen información de contacto (nombre, correo, teléfono), ubicación precisa o aproximada, identificadores del dispositivo, historial de uso, contenido de las conversaciones, archivos subidos, datos de compra y, en algunos casos, la agenda de contactos del usuario.

Estudios comparativos sitúan a algunos asistentes como especialmente “tragones”. En el ámbito de los chatbots conversacionales, se ha señalado que determinadas soluciones pueden llegar a recopilar más de veinte tipos de datos distintos por usuario, repartidos en numerosas categorías: contacto, localización, contenido que escribes o subes, historial de actividad, identificadores únicos, información de diagnóstico, patrones de uso, compras realizadas e incluso la lista de contactos del teléfono, algo que casi ningún otro chatbot hace a día de hoy.

En el extremo opuesto hay asistentes más comedidos, que solo registran un puñado de atributos básicos relacionados con la comunicación y el funcionamiento técnico del servicio (como identificadores o datos de diagnóstico). Entre medias se sitúan una amplia variedad de herramientas como Claude, Copilot, DeepSeek, ChatGPT o Perplexity, que difieren en cuántos tipos de datos recopilan, qué categorías cubren y para qué los usan, especialmente en lo referente a publicidad o compartición con terceros.

No todos los asistentes se comportan igual cuando se integran en el navegador. En extensiones para Chrome, Edge u otros navegadores se han detectado prácticas particularmente intrusivas: complementos que capturan formularios bancarios y de salud, otros que envían las preguntas del usuario junto con identificadores a servicios de analítica como Google Analytics, permitiendo el seguimiento entre sitios, y varios que construyen perfiles detallados (edad, sexo, ingresos, aficiones) para personalizar respuestas a lo largo de diferentes sesiones.

Un caso llamativo es el de ciertas herramientas que, según los análisis, apenas muestran indicios de perfilado o personalización frente a otras extensiones que hacen un seguimiento masivo de la navegación. Precisamente por eso algunos investigadores las destacan como ejemplo de que es técnicamente posible prestar un servicio de IA útil sin explotar al máximo los datos personales del usuario.

Meta AI y el salto a la explotación masiva de datos sensibles

Con la integración de su asistente en Facebook, Instagram y otros servicios, Meta cruza una nueva línea en el uso de datos personales. El modelo de negocio deja de centrarse solo en captar atención para mostrar anuncios y pasa a explotar interacciones directas con el usuario, en contextos muy específicos y cargados de información íntima.

Un análisis de prácticas de recopilación de datos de distintos chatbots muestra que Meta AI es, con diferencia, uno de los más voraces. Todas las aplicaciones revisadas recogían datos de usuario, casi la mitad rastreaban geolocalización y cerca de un tercio practicaban seguimiento publicitario, cruzando información con otros servicios o vendiéndola a intermediarios de datos. Pero Meta AI destaca porque, según ese estudio, es el único que llega a recopilar información financiera, de salud y estado físico de forma explícita.

La cosa no se queda ahí: Meta AI también recoge categorías especialmente sensibles, como origen racial o étnico, orientación sexual, datos sobre embarazo o parto, discapacidad, creencias religiosas o filosóficas, afiliación sindical, opiniones políticas, así como información genética y biométrica. Este tipo de datos están especialmente protegidos en normativas como el RGPD, porque su mal uso puede derivar en discriminación, persecución o graves riesgos para los derechos fundamentales.

Además, Meta AI comparte ciertas informaciones con terceros en el contexto de la publicidad dirigida. Junto con Copilot, figura entre los pocos asistentes que utilizan datos relacionados con la identidad del usuario para campañas comerciales, pero se diferencia claramente por el volumen y diversidad de la información implicada, con más de una veintena de tipos de datos empleados frente a cifras mucho menores en otros servicios.

El enfoque se ve reforzado por un ecosistema de intermediarios de datos (data brokers) que compran y venden información personal compilada a partir de apps, webs y bases de datos públicas. Empresas como Acxiom, Experian, Epsilon u Oracle Data Cloud manejan enormes volúmenes de perfiles, que pueden terminar en manos de anunciantes, aseguradoras, empleadores e incluso organismos públicos, en un mercado global todavía escasamente regulado a pesar de ciertos avances legislativos.

Google Gemini, cambios de políticas y control de la actividad

Gemini app

Google también ha movido ficha actualizando sus políticas de privacidad para incorporar el uso de las interacciones con su ecosistema de IA. A través de Gemini, la compañía indica que puede utilizar las consultas, archivos subidos, capturas de pantalla y fotos que compartes para mejorar sus servicios y entrenar modelos de IA generativa, incluyendo audio y grabaciones de funciones como Gemini Live.

En respuesta a las críticas, Google ha introducido una función llamada “Conversación Temporal”, pensada para limitar el uso de tus consultas recientes con fines de personalización o entrenamiento. Sin embargo, el usuario tiene que activarla y ser proactivo configurando opciones como desactivar la conservación de actividad o gestionar y borrar elementos del historial; si no lo hace, buena parte de su vida digital quedará accesible a la empresa.

La compañía reconoce que cuando usa la actividad del usuario para mejorar sus servicios recurre también a revisores humanos. Para ello, afirma desvincular las conversaciones de la cuenta antes de enviarlas a proveedores de servicios. Aun así, admite expresamente que “como antes” ha venido utilizando esos datos personales y que los comparte con terceros para determinadas tareas, algo que genera dudas sobre el alcance real del anonimato y la protección efectiva de la información.

Este enfoque plantea preguntas incómodas sobre el consentimiento: muchos usuarios aceptan las nuevas condiciones de privacidad de forma casi automática, sin leerlas, por pura inercia o por miedo a perder acceso al servicio. De este modo, ceden permisos amplios para usar datos personales sin ser plenamente conscientes de las implicaciones, lo que algunos especialistas consideran “sospechoso” cuando las cláusulas se amplían justo para dar cobertura al entrenamiento de modelos de IA.

En el ámbito regulatorio, todo esto se cruza con exigencias de cumplimiento de normas como el RGPD europeo, que obligan a justificar la base legal del tratamiento (consentimiento, interés legítimo, obligación legal, etc.) y a garantizar derechos de acceso, rectificación, oposición y supresión. El debate sobre si es aceptable invocar el “interés legítimo” para entrenar sistemas de IA con datos personales sin consentimiento explícito está muy vivo entre autoridades de protección de datos y asociaciones de consumidores.

Mensajería privada, almacenamiento de archivos y dónde acaban realmente tus datos

Las aplicaciones de mensajería son uno de los entornos digitales más sensibles, porque contienen conversaciones íntimas, fotos, documentos y todo tipo de información confidencial. La idea de que un asistente de IA pueda husmear en esos mensajes sin un consentimiento claro levanta serias dudas de privacidad y rompe la confianza de muchos usuarios.

En el caso de WhatsApp, la compañía insiste en que los chats personales con amigos y familiares son inaccesibles para la IA. Según explican, el entrenamiento de sus modelos se realiza mediante interacciones directas con la cuenta específica de inteligencia artificial: tienes que abrir un chat con la IA o enviarle un mensaje de forma activa, y ni Meta ni WhatsApp pueden iniciar esa conversación por ti. También recalcan que hablar con la IA no vincula automáticamente tu cuenta de WhatsApp con Facebook, Instagram u otras aplicaciones del grupo.

Aun así, la propia empresa advierte de que lo que envíes a esa IA se puede utilizar para ofrecerte respuestas precisas, y recomienda explícitamente no compartir información que no quieras que Meta conozca. Esto deja claro que, aunque existan barreras formales entre servicios, cualquier contenido que decidas introducir en un chat con IA entra de lleno en el circuito de tratamiento y posible análisis para entrenamiento.

Los servicios de almacenamiento y transferencia de archivos también se han visto envueltos en polémicas. Un ejemplo reciente fue el cambio en los términos de uso de un conocido servicio de transferencia, cuyas nuevas cláusulas se interpretaron como un permiso amplio para utilizar los documentos subidos a fin de mejorar futuros sistemas de IA. La reacción de los usuarios obligó a la compañía a aclarar que el contenido seguía perteneciendo al remitente, que el uso se limitaba al funcionamiento y mejora del servicio y que no se usaría para entrenar modelos de IA ni se vendería a terceros, y a recordar que existen alternativas para gestionar tus archivos y fotos de forma local como Photoprism.

Este tipo de episodios muestra hasta qué punto la confianza depende de la transparencia. Si los textos legales son ambiguos o dan la impresión de abrir la puerta a usos no previstos, el usuario asume lo peor. Cuando, además, se mezclan fines legítimos (seguridad, rendimiento, mantenimiento) con conceptos genéricos como “mejorar nuestros servicios”, resulta difícil saber si tus documentos terminan como simple tráfico técnico o como parte de un gigantesco dataset para entrenamiento.

La situación se complica cuando entran en juego proveedores de alto riesgo y ubicaciones sensibles de almacenamiento. En el caso de algunos asistentes desarrollados fuera de la UE, se han documentado importantes fugas de conversaciones y registros, y el hecho de que los servidores estén alojados en jurisdicciones con normas de protección de datos más laxas aumenta la exposición del usuario. Aquí no solo importa cuánto se recopila, sino dónde se guarda y bajo qué leyes se rige ese tratamiento.

Riesgos de ciberseguridad, datos omnipresentes y necesidad de regulación

La combinación de IA avanzada y grandes volúmenes de datos personales es un caramelo para los ciberdelincuentes. Los atacantes están empleando cada vez más herramientas de IA para perfeccionar campañas de ingeniería social, generar correos de phishing creíbles, perfilar víctimas y automatizar el robo de identidad o el fraude financiero.

Si un asistente de IA almacena historiales de conversación, documentos y datos sensibles sin suficientes medidas de seguridad, una sola brecha puede exponer información a gran escala. A diferencia de una contraseña que puedes cambiar, datos como tu historial médico, tus opiniones políticas o tu orientación sexual, una vez filtrados, son prácticamente imposibles de “revocar”.

Los informes sobre resiliencia en ciberseguridad apuntan a que la mayoría de organizaciones no están preparadas para proteger sistemas y procesos impulsados por IA. Muchas carecen de prácticas básicas de seguridad y gobernanza de datos, no han definido políticas claras sobre qué se puede introducir en herramientas de IA y qué no, y tampoco han adaptado sus infraestructuras cloud para gestionar este nuevo tipo de riesgo. Además, algunas amenazas provienen de servicios aparentemente legítimos; por eso conviene vigilar proveedores y aplicaciones, incluidas ciertas VPN que roban datos, que pueden aumentar la exposición.

Ante este panorama, los expertos reclaman una regulación más estricta y específica para la IA. Se habla de obligaciones de transparencia reforzadas (dejar muy claro qué se recopila y con qué fin), consentimiento explícito para usos delicados, estándares de seguridad mínimos para dispositivos y servicios inteligentes, y restricciones adicionales para proveedores considerados de alto riesgo. La normativa europea en materia de IA y protección de datos intenta avanzar en esta dirección, pero su aplicación práctica aún está en construcción.

También se subraya la importancia de integrar la privacidad y la seguridad “desde el diseño”. En lugar de ver la regulación como un freno, algunos especialistas defienden que incluir la protección de la huella digital desde el inicio de cada proyecto hace que las soluciones sean más robustas y eficientes a largo plazo, y evita situaciones en las que haya que improvisar parches tras un incidente de privacidad o una sanción regulatoria.

Datos sintéticos, automejora de la IA y el futuro del entrenamiento de modelos

Qué datos recopilan los asistentes de IA

Digital background depicting innovative technologies in security systems, data protection Internet technologies

La dependencia de datos reales plantea un cuello de botella para el desarrollo de modelos cada vez más potentes. Las grandes tecnológicas saben que no pueden basar indefinidamente su progreso en explotar información personal sin límites, tanto por razones éticas como por restricciones legales crecientes. Por eso están investigando vías alternativas para entrenar IA sin depender tanto de datos de usuarios.

Una de esas rutas es la “automejora” de la IA: sistemas capaces de optimizar su propio rendimiento mediante mejores algoritmos, procesos de autoprogramación y hardware más eficiente (sobre todo en el terreno de los procesadores). Laboratorios de empresas como Meta o Google DeepMind trabajan en modelos que, en parte, se entrenan o refinan a sí mismos, reduciendo la necesidad de nuevos datos humanos etiquetados.

Otra vía clave es la generación de datos sintéticos. En lugar de limitarse a aprender de lo que ya existe, un modelo puede crear nuevas experiencias o ejemplos a partir de lo aprendido, y luego usarlos para seguir entrenándose. De esta forma, el sistema deja de estar atado a la escasez de datos reales y puede producir cantidades casi ilimitadas de información simulada para mejorar su desempeño en tareas concretas.

Ya empiezan a verse aplicaciones prácticas de este enfoque. Herramientas especializadas en asistencia para programar, como los asistentes de código, muestran cómo un modelo puede aprender de su propia producción, corregir errores, refinar estilos y proponer soluciones cada vez más sofisticadas sin necesidad de revisar manualmente cada caso humano. Startups experimentan con agentes que modifican su propio código para adaptarse mejor a las tareas que afrontan, cerrando un ciclo continuo de prueba y mejora.

Sin embargo, esta “autonomía” en el entrenamiento no está exenta de riesgos. Organizaciones dedicadas a la evaluación de riesgos en IA advierten de que si un sistema es capaz de amplificar rápidamente sus propias capacidades podría ser reutilizado para actividades maliciosas, desde la piratería avanzada hasta el diseño de armas o la manipulación masiva de personas mediante contenidos generados a medida.

La realidad es que, mientras las empresas exploran datos sintéticos y automejora, los sistemas actuales siguen bebiendo en gran medida de información real. Más del 80 % de las organizaciones analizadas en algunos estudios no cuentan todavía con prácticas maduras para asegurar sus modelos de IA, proteger el tráfico de datos o blindar su infraestructura en la nube. El desfase entre la velocidad de adopción de la IA y las capacidades de defensa se traduce en una superficie de ataque cada vez mayor.

Buenas prácticas para usuarios: qué no compartir y cómo protegerte al usar IA

La principal defensa del usuario sigue siendo el sentido común aplicado con rigor. Por muy amistoso que parezca un chatbot, no es tu colega de confianza: es una interfaz hacia servidores que pueden registrar, analizar y reutilizar lo que dices. Asume siempre que cualquier cosa que introduzcas podría almacenarse más tiempo del que imaginas.

Evita compartir datos personales identificables (PII) salvo que sea estrictamente imprescindible. Esto incluye nombre completo, dirección postal, correo personal, número de teléfono, fecha de nacimiento o documentos de identidad. Cuando varios de estos datos se combinan, se vuelve mucho más fácil perfilarte y vincular tus conversaciones a una identidad real.

Nunca introduzcas información financiera ni credenciales de seguridad. Números de tarjeta de crédito, cuentas bancarias, contraseñas, códigos PIN o códigos de verificación de dos factores no deberían pasar jamás por un chat de IA. Gestiona este tipo de datos solo en plataformas oficiales con cifrado de extremo a extremo y medidas específicas de protección.

Mantén fuera de los chatbots los números de seguridad social, datos de pasaporte y otros identificadores de alto riesgo. Son el objetivo favorito para el robo de identidad y, a diferencia de una tarjeta, no es sencillo cambiarlos si se ven comprometidos. Considera esas credenciales “material radioactivo” que no se debe introducir en sistemas cuyo funcionamiento interno no controlas.

En el ámbito académico, institucional o corporativo, vigila especialmente lo que compartes. No subas expedientes académicos, bases de datos con información protegida, informes internos, planes estratégicos, documentación financiera sensible o propiedad intelectual no publicada. Muchas organizaciones prohíben expresamente enviar este tipo de contenido a servicios de IA públicos, y podrías incumplir tanto normas internas como leyes de protección de datos.

Adopta una estrategia de minimización y anonimización de datos en tus prompts. Proporciona solo la información necesaria para que el asistente pueda ayudarte: elimina nombres, direcciones, referencias concretas a personas o proyectos reales y sustituye elementos identificables por marcadores genéricos como “Cliente A”, “Empresa X” o “Ciudad Y”. Revisa tus mensajes antes de enviarlos para asegurarte de que no se ha “colado” nada sensible.

Revisa de forma periódica la política de privacidad y las opciones de control de cada servicio. Algunas plataformas permiten desactivar el uso de tus conversaciones para entrenamiento, borrar historiales antiguos o activar modos de chat temporal que reducen el tiempo de retención. Activa siempre que puedas estas funciones y no des por hecho que vienen habilitadas por defecto.

Desde el punto de vista técnico, refuerza tu seguridad básica. Utiliza contraseñas robustas y únicas para cada cuenta de IA, activa la autenticación en dos pasos siempre que sea posible, evita conectarte desde redes Wi-Fi públicas sin protección y mantén tus dispositivos actualizados. Respeta las políticas de tu organización sobre uso de herramientas de IA, especialmente si trabajas con información sensible.

Por último, exige transparencia y responsabilidad a los proveedores de IA. Las herramientas deberían dejar claro que son sistemas automatizados, explicar de forma comprensible qué datos recogen y con qué fines, quién puede acceder a esa información y cómo ejercer tus derechos de acceso, rectificación, borrado u oposición. Un diseño ético incluye también medidas para mitigar sesgos, evitar recomendaciones peligrosas y escalar adecuadamente casos de riesgo.

En un ecosistema donde la IA se mete cada vez más en nuestra vida diaria, entender qué datos recopilan los asistentes, cómo se usan y qué opciones de control tenemos es clave para seguir aprovechando sus ventajas sin regalarles nuestra intimidad; con una combinación de normas más exigentes, empresas responsables y usuarios bien informados, es posible beneficiarse de estos sistemas sin perder el control sobre la información que mejor nos define.

Navegador seguro
Artículo relacionado:
Mejores navegadores webs que respetan tu privacidad